La imagen parecía sellar una alianza estratégica. En mayo pasado, Nicolás Maduro fue recibido en el Kremlin con honores, donde habló de un futuro “floreciente” junto a Rusia y elogió a Vladimir Putin como líder de una potencia clave del mundo actual. Sin embargo, apenas ocho meses después, ese respaldo se evaporó en silencio.
Tras la captura del mandatario venezolano en Caracas y su posterior traslado a un centro de detención federal en Estados Unidos, Moscú optó por no pronunciarse. Ni condenas, ni advertencias, ni comunicados del presidente ruso. Una ausencia llamativa para un Kremlin que durante años reaccionó con dureza ante cualquier acción de Washington que afectara a sus aliados.
Aunque el mutismo coincidió con el período de vacaciones de Año Nuevo en Rusia, analistas coinciden en que la explicación va mucho más allá del calendario. El silencio responde a una estrategia: evitar cualquier confrontación directa con Estados Unidos que pueda perjudicar el objetivo prioritario de Putin, la guerra en Ucrania.
Ucrania, por encima de todo
Para el Kremlin, el conflicto ucraniano se ha convertido en el eje absoluto de su política exterior. Mantener abiertas las vías de negociación con Washington, especialmente bajo la presidencia de Donald Trump, es visto como esencial para lograr una salida favorable o, al menos, menos costosa para Moscú.
En ese contexto, intervenir —aunque fuera de forma retórica— en el caso venezolano habría supuesto un riesgo innecesario. Rusia carece hoy del margen político y militar para desafiar a Estados Unidos en América Latina sin exponerse a represalias que compliquen su posición en Europa del Este.
Este patrón no es nuevo. En los últimos meses, Moscú también ha respondido con cautela ante acciones estadounidenses que antes habrían provocado reacciones airadas, desde incautaciones de buques hasta movimientos militares sensibles. El denominador común es el mismo: no provocar a Washington.
Un poder global en retroceso
Más allá de la estrategia, el silencio también refleja límites reales. Desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, la influencia global de Rusia se ha ido erosionando. Su capacidad para sostener aliados lejanos se ha reducido, y algunos de sus socios tradicionales atraviesan crisis internas que escapan al control del Kremlin.
La caída del gobierno de Bashar al Asad en Siria, las protestas masivas en Irán y ahora la pérdida de margen de maniobra en Venezuela evidencian un retroceso en la proyección internacional rusa. Incluso en regiones que Moscú consideraba bajo su órbita, como el Cáucaso o Asia Central, su papel como árbitro ha sido cuestionado.
En este escenario, un enfrentamiento directo con Estados Unidos por Maduro habría sido simbólico, pero poco efectivo. Rusia no estaba dispuesta a escalar un conflicto con otra potencia nuclear por un aliado periférico.
Trump, una variable clave
La postura de Putin también está influida por el peso específico de Trump en el tablero internacional. Estados Unidos sigue siendo determinante en la seguridad europea y en el curso de la guerra en Ucrania, pese a la reducción del apoyo directo a Kiev.
Además, las recientes declaraciones del mandatario estadounidense sobre Groenlandia, la OTAN y su intención de “manejar” Venezuela refuerzan la idea de un reordenamiento de las esferas de influencia, un concepto que el propio Kremlin ha defendido durante años.
Una eventual fractura entre Estados Unidos y sus aliados europeos sería vista como una ventaja estratégica para Rusia. Por eso, lejos de confrontar, Moscú observa y calcula.
Silencio afuera, dureza adentro
Para algunos analistas, la falta de reacción ante la detención de Maduro contrasta con la intensidad de la ofensiva rusa en Ucrania. Incapaz de proyectar fuerza en otros escenarios, el Kremlin refuerza su mensaje donde aún conserva capacidad de acción militar directa.
El ataque con misiles de largo alcance en territorio ucraniano y el rechazo a cualquier presencia militar europea tras un eventual acuerdo de paz muestran que Rusia no se prepara para cerrar el conflicto, sino para prolongarlo.
En definitiva, el silencio de Putin no es señal de indiferencia, sino de prioridades. Venezuela quedó relegada en una lista donde Ucrania ocupa, con amplia diferencia, el primer lugar.





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