Al mundo le vendimos una postal: el dominicano es pelota, bachata, dembow y habichuelas con dulce. Y sí, somos eso. Pero reducirnos a eso es como decir que Japón es solo sushi o que Italia es solo pizza.
El estereotipo entretiene al turista, pero aplasta al país. La urna, la empresa, el laboratorio y la universidad también son República Dominicana. Y de eso casi no se habla.MÁS ALLÁ DEL PLAY
República Dominicana exporta médicos, enfermeras e ingenieros. En Nueva York, Boston y Madrid hay quirófanos llenos de manos dominicanas. En Silicon Valley hay programadores de San Francisco de Macorís. En la NASA hay una científica de San Cristóbal. Pero esas historias no dan views como un jonrón de Juan Soto. Y sin embargo, son las que rompen techos.
El dominicano no solo canta dembow. También fabrica zonas francas, desarrolla software, monta fintech, produce cacao fino para Suiza y tabaco premium para el mundo. Somos el hub logístico del Caribe. Movemos más de 12,000 millones en exportaciones sin bachata de fondo. Pero el titular sigue siendo el lío del artista de turno.
LITERATURA, CINE Y PENSAMIENTO
Marcio Veloz Maggiolo no es tendencia, pero es República Dominicana. Jeanette Miller es República Dominicana. Rita Indiana no solo es música, es literatura. Los festivales de cine dominicano llenan salas en Europa. Tenemos arquitectos premiados, pintores en Bienales, historiadores citados en Harvard. El dembow grita. La academia susurra. Y al país le toca decidir qué quiere escuchar.

El dominicano es resolver con lo que hay. El plomero de Villa Mella que se inventa una pieza, la doña de Haina que monta un salón en la galería, el muchacho de Los Mina que arregla celulares y ahora programa apps. Eso no es “chercha”. Es innovación sin presupuesto. Es Silicon Valley sin capital de riesgo.
NOS CREÍMOS EL CUENTO
Lo grave no es que afuera nos vean como pelota y bachata. Lo grave es que nosotros mismos lo repetimos. El muchacho cree que solo sale del barrio si batea o pega un tema. La muchacha cree que el éxito es ser influencer. Y mientras tanto, las becas de INTEC, la UASD y el MESCYT se quedan vacías. El talento se va porque aquí no lo aplauden.
Vendemos sol, playa y teteo. Está bien. Pero República Dominicana también es el pico Duarte, es Constanza, es el larimar, es la primera ciudad de América. Es zona franca, es cirugía robótica, es biotecnología. Si solo vendemos tambora, nos compran tambora. Si vendemos cerebro, nos compran cerebro. El país elige su etiqueta.
LA DIÁSPORA QUE NO PERREA
En Lawrence, Paterson, El Bronx y Madrid hay dominicanos dirigiendo hospitales, escuelas, empresas y campañas políticas. Son alcaldes, jueces, científicos. Mandan más de 10,000 millones en remesas al año. No viven del dembow. Viven de cálculo, de derecho, de medicina. Esa es la otra habichuela con dulce: la que se suda en invierno a -5 grados.
El dominicano también es el agricultor de Constanza que exporta vegetales a EE.UU. Es el productor de Baní que tiene el mejor mango del mundo. Es el ganadero de la Línea que compite con Nueva Zelanda. Eso no es folklor. Es PIB. Es seguridad alimentaria. Es país.
ORGULLO SIN COMPLEJOS
Bailar dembow no quita ser ingeniero. Comer habichuelas no quita leer a Pedro Henríquez Ureña. Amar la pelota no quita criticar un préstamo en el Congreso. Somos todo eso junto. El problema es cuando solo nos dejan ser una cosa. Cuando el Estado invierte más en un play que en un laboratorio.
A los hijos hay que decirles que Duarte no solo fundó la República: también era poeta y comerciante. Que las Mirabal no solo son un nombre de provincia: eran abogadas. Que República Dominicana parió músicos, pero también parió médicos, generales, maestras, científicos. Que el “ser dominicano” no cabe en un coro de TikTok.
EL VERDADERO PATRIMONIO
La pelota llena estadios. La bachata llena el alma. El dembow llena discotecas. Las habichuelas llenan la mesa en Semana Santa. Todo eso es nuestro y que nadie nos lo quite.
Pero el dominicano también llena aulas en MIT, quirófanos en Cleveland, cortes en Nueva York y empresas en Santo Domingo. También madruga a sembrar, a programar, a inventar.
Somos más que el coro. Somos la estrofa completa.
Y ya es hora de que el país se cante entero.





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