SANTO DOMINGO.- El cierre del 2025 fue el preludio de lo que se proyecta como un año de alta carga política, en un entorno internacional que vuelve a ser complejo, pero con expectativas económicas de mejora en materia de crecimiento, aunque con el reto de las reformas estructurales necesarias que no se terminan de ejecutar.
El crecimiento de la economía dominicana terminará bordeando el 3 % del Producto Interno Bruto, una cifra respetable frente a lo que está ocurriendo a nivel global, pero inferior al histórico dominicano, lo cual sin dudas será utilizado por la oposición en su campaña de asedio contra el oficialismo.
El 3 % no es una mala cifra en un contexto internacional complejo, pero sí un recordatorio de que el margen de maniobra se ha estrechado y de que 2026 se presenta como un año decisivo, tanto en lo económico como en lo político.
El gran desafío del nuevo año será superar el 4 % de crecimiento, una meta ambiciosa si se toman en cuenta las restricciones actuales. La inflación, uno de los grandes logros recientes, se mantiene relativamente controlada, lo que da cierto alivio a los hogares y al Banco Central.

Sin embargo, la ausencia de una reforma fiscal integral limita la capacidad del Estado para impulsar políticas contracíclicas, ampliar la inversión pública o fortalecer áreas clave como infraestructura, salud y educación sin aumentar el endeudamiento.
El Gobierno se mueve, así, en un delicado equilibrio entre estimular el crecimiento sin desbordar las cuentas públicas y sin tocar un sistema tributario que todos reconocen como insuficiente y desigual, pero que nadie parece dispuesto a reformar en el corto plazo.
La discusión fiscal se ha convertido en un tema políticamente tóxico, postergado una y otra vez, y 2026 no parece el momento más propicio para que el presidente Luis Abinader invierta un capital político que terminó muy mellado al final del año por el escándalo del fraude en el Seguro Nacional de Salud (SeNaSa).
Aunque Abinader ha manejado ese, que sin duda ha sido el principal escándalo de su gobierno, marcando distancia de los responsables e incluso impulsando la acción institucional para que un Ministerio Público independiente del mandato presidencial cuente con todas las herramientas para investigar y procesar a los imputados.

Un entorno internacional menos benigno
El contexto externo tampoco ofrece demasiados vientos a favor, pues continúan abiertos los mismos conflictos globales que en 2025 y con la perspectiva negativa de que se abran otros más.
La economía mundial entra en 2026 con señales de desaceleración, tasas de interés internacionales que siguen relativamente altas y un comercio global más fragmentado.
Estados Unidos, principal socio comercial y fuente de remesas y turismo, enfrenta su propio ciclo político y económico, con incertidumbres que inevitablemente se filtran hacia el Caribe.

A esto se suma la crisis persistente en Venezuela, que continúa teniendo efectos regionales. Más allá del drama humanitario y político interno, la situación venezolana sigue siendo un factor de inestabilidad en América Latina y el Caribe, afectando flujos migratorios, alianzas geopolíticas y, en menor medida, mercados energéticos.
Para República Dominicana, el impacto no es directo en términos comerciales, pero sí en el tablero diplomático regional y en la necesidad de mantener una política exterior prudente, alineada con la estabilidad democrática y los equilibrios internacionales.
Dos aeropuertos dominicanos, el Internacional de Las Américas (AILA) y el militar de San Isidro, están siendo utilizados para el soporte logístico de aviones estadounidenses que han sido desplegados en la región del Caribe con la justificación de la lucha regional contra el narcotráfico.

Tanto Estados Unidos como la Unión Europea han escogido a República Dominicana como socio estratégico en la región para combatir el narcotráfico, debido a que en los últimos años ha aumentado la confianza y la eficacia de las autoridades antinarcóticas nacionales.
Un año inevitablemente político
Este 2026 promete ser un año de gran activismo político. El país entra de lleno en un ciclo preelectoral en el que los principales partidos del sistema comenzarán a perfilar de manera abierta sus candidaturas presidenciales, aun cuando falten años para las elecciones.

En el oficialista Partido Revolucionario Moderno, la carrera interna ya es visible. David Collado y Carolina Mejía aparecen como los principales punteros, con estilos distintos pero un capital político importante.
Collado, con su proyección nacional desde el turismo, y Mejía, con el peso de su gestión municipal y su apellido político, representan dos visiones de continuidad con matices.
Más atrás, Eduardo Sanz Lovatón se mantiene en un tercer lugar distante, con presencia mediática y discurso técnico, pero todavía sin el arrastre necesario para disputar el liderazgo interno en igualdad de condiciones.
También rezagado se perfila Wellington Arnaud, cuyo capital político radica en su incidencia entre dirigentes regionales dentro de la estructura partidista.
La clave para el PRM será manejar esa competencia sin fracturas, evitando que la lucha interna desgaste al gobierno antes de tiempo, con un presidente Luis Abinader que desde el inicio de su segundo mandato dio un paso al lado para erigirse como mediador dentro de su partido, en caso de ser necesario.
La oposición: liderazgos y dilemas
Del lado opositor, Fuerza del Pueblo ha logrado consolidarse como la principal fuerza alternativa al oficialismo. Su líder indiscutible sigue siendo Leonel Fernández, una figura con peso histórico, experiencia de gobierno y capacidad de articulación política.

Sin embargo, la Fuerza del Pueblo enfrenta el dilema cada vez más visible del relevo generacional, el cual no ha generado confrontaciones porque se trata de padre e hijo.
Fernández ha sido candidato presidencial en cinco ocasiones, con derrotas en las dos elecciones más recientes, y en los últimos meses ha tenido que lidiar con presiones internas y externas para que ceda espacio a su hijo, Omar Fernández, cuya popularidad y desempeño legislativo lo han convertido en una figura ascendente.
La pregunta no es solo quién será el candidato, sino qué mensaje quiere enviar la oposición al país: continuidad de un liderazgo longevo o apuesta por una renovación que conecte con un electorado más joven y menos marcado por las batallas del pasado.
Gobernar en medio del ruido
En tanto, el Gobierno que encabeza Luis Abinader deberá gestionar la economía en un contexto internacional adverso, con limitaciones fiscales internas, mientras lidia con un ambiente político cada vez más ruidoso.
La oposición, por su parte, buscará capitalizar cualquier desaceleración económica o error de gestión, al tiempo que ordena sus propias disputas internas.
Para la sociedad dominicana, el reto será exigir resultados concretos más allá de la retórica preelectoral: que el crecimiento económico se sienta en el bolsillo, servicios públicos más eficientes, institucionalidad sólida y un debate político que no sacrifique el futuro por la inmediatez de la competencia.
El año pasado, el Gobierno logró inaugurar obras de gran relevancia en infraestructura, como la circunvalación de Baní, el desnivel de la prolongación 27 de Febrero y la circunvalación de Santo Domingo hasta Boca Chica.

Mientras tanto, avanzan obras como el metro de Los Alcarrizos, el monorriel de Santiago y otros proyectos de infraestructura. Sin embargo, el Gobierno ha tenido dificultades para articular un discurso que muestre su capacidad de concluir proyectos y la magnitud de las obras puestas en marcha durante esta administración.
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