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viernes, 5 de octubre de 2018

Soportaron la humillación en silencio por muchos años

La vía por donde tiene que pasar cuando va a Barahona la hoy abogada Gladys Féliz Pimentel, lleva el nombre del sacerdote que abusó sexualmente de ella cuando apenas tenía nueve años.

Hace 50 años que fue víctima de abuso sexual por un pedófilo de quien aun a estas alturas no ha podido borrar su olor. “Aunque estoy recuperada de aquella amarga experiencia, a veces siento su cuerpo aprisionándome”, revela decidida a contar su historia para contribuir a que de una vez por todas se les ponga un alto a estos casos.
El abuso la marcó. Cada vez que ve una noticia sobre violación llegan a su mente los recuerdos. La garantía de ello es que desde que leyó la primera entrega de estos trabajos, mandó un correo en el que hacía constar que había sido víctima en la iglesia.
Se le contactó para conocer sobre su historia y no dudó en decir que sí. “Yo voy para Santiago, pero llámame en la noche”. Así fue. El tiempo estuvo bien calculado. Al recibir la llamada, hizo saber con mucha amabilidad que acaba de llegar, que volvía a llamar en seguida. Así fue.
Cómo sucedió
Pocos minutos después, se escuchó la llamada. “Ahora sí. Mira, yo fui una entre tantas o tantos. Te puedo decir que era un grupito que estábamos yendo al catecismo para hacer la primera comunión. Estudiábamos en la escuela Cristo Rey, que dirigía una monja llamada Sor Maura, muy correcta. El que estudiaba ahí tenía que hacer la primera comunión”, sostiene con tranquilidad.
Recuerda que sufrió meningitis, y afortunadamente la rebasó, pero tuvo que ausentarse de la escuela. “Cuando me mejoré volví y entré también al grupo de los que tenía que ir al catecismo”, cuenta con mucha determinación.
Atenta a no perder detalles de lo que quería que se supiera, prosigue: “Había que leer una de las hojas del libro de catecismo, y él (el padre abusador), porque ahora sé que fue él quien se inventó eso, nos alternaba y nos sentaba en sus piernas para que tratáramos el tema correspondiente. Mientras me tenía cargada, me entraba la mano por las piernas y me tocaba la parte íntima con los dedos, me ponía las manos en los senitos que todavía yo no tenía, porque yo era una niña de nueve años”, al contar esta parte las lágrimas le acompañan.
“Era algo tan feo lo que me o nos hacía ese animal, que mientras más se iba excitando más me apretaba, y me arañaba la parte íntima con sus dedos. Llegaba con el panti sucio de sangre a mi casa y cuando me bañaba me picaba. Pero no podía decírselo a mi mamá ni a mi papá, porque ¿quién le iba a creer a una niña de nueve años?”, lo narra tranquila. Ahora las lágrimas estaban del otro lado del teléfono. Se dio cuenta.
Era buena estudiante. Siempre estuvo en el cuadro de honor de la escuela. Le encantaba estudiar e ir a la iglesia, pero esas acciones la alejaron para siempre. “Nadie me hacía pisar una iglesia, hasta que después de grande decidí convertirme a la religión evangélica”, comenta al tiempo de instar a los padres a escuchar a sus hijos cuando les cuentan algo de peligro.
“Hay días que siento que ese hombre me tiene atrapada entre su cuerpo. Hay días que lloro, ahora hablando contigo lo estoy haciendo. Recordar el cuerpo de ese animal me da asco, quisiera como sacarlo de la tumba y matarlo con mis propias manos”, en este momento se nota impotente.
Los traumas
Sin borrar de su mente aquellos abusos, ya de grande decidió trabajar y estudiar. “Recuerdo que laboraba en una oficina que creían que yo era depresiva, o que tenía sabrá Dios qué, pues desde que me llegaba a la memoria el olor de ese hombre, de ese animal aun después de tanto tiempo, yo vomitaba, me ponía mala”, un momento fuerte este.
En la universidad le pasaba lo mismo. Podía estar examinándose y si la invadía aquel recuerdo que llegaba con el olor que marcó aquellos momentos de amargura, tenía que salir. La repulsión era inevitable. Los jefes que tenía para entonces, le buscaron una psicóloga que le ayudara a identificar lo que para ellos era depresión. “Ella fue identificando mi caso, me hizo deshacerme de ese peso con el que cargaba”. Hoy la enorgullece el hecho de que aun habiendo sido abusada ha podido hacer profesionales a sus cuatro hijos, tres varones y una hembra, y ha salido adelante. “He vivido, he viajado, he trabajado, en fin, he podido llevar mi vida”, cuenta dejando claro que se puede seguir viviendo si hay desahogo.
Un comité
Está en la más entera disposición de colaborar para que se formalice un comité de víctimas de abuso por parte de religiosos.
“Yo te aseguro a ti que son muchas las personas que se deciden a contar lo que les ha sucedido a manos de estos monstruos”, sostiene.

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